martes, 1 de enero de 2008

ONG BAK


Direción: Prachya Pinkaew
Guión: Prachya Pinkaew, Panna Rittikrai
Reparto: Tony Jaa, Petchtai Wongkamlao, Pumwaree Yodkamol, Sunchao Pngwilai, Wannakit Sirioput
Productores: Prachya Pinkaew, Sukanya Vongsthapat
Productores ejecutivos: Somsak Techaratanaprasert
Productora: Baa-Ram-Ewe, Sahamongkolfilm Co.
Distribución: Manga Films
Entre los fans de las artes marciales esta película ha ganado mucho prestigio en el último año. Se trata de una película tailandesa dirigida por el debutante Prachya Pinkaew que sigue la tradición del cine de artes marciales oriental de toda la vida: héroe que sigue una pulcra disciplina en torno a la lucha, se ve obligado a utilizar sus habilidades para patear al malo tirano de turno.
En el caso de Ong Bak el protagonista es Ting, un joven huérfano que ha sido criado por un monje de un pobre e insignificante pueblo tailandes. Cuando digo insignificante me refiero a que son cuatro monos y viven casuchas de adobe. Los habitantes del pueblo rinden tributo a su dios Ong Bak, representado en una figura del minitemplo local.
Cuando unos traficantes de antigüedades roban la cabeza de la estatua Ting es el encargado de recuperarla ante el miedo del pueblo a las malas cosechas, mala suerte, miseria y enfermedades. Lo normal en esos casos. Ya tenemos héroe y tenemos misión. Ting seguirá la pista de la cabeza hasta la ciudad donde buscará ayuda en un antiguo amigo aficionado a las apuestas y los trapicheos, y donde encontrará a su máximo enemigo un hemiplégico laringectomizado que habla con un extraño microfonillo (lo siento, pero esto último provoca carcajadas) y que organiza peleas para pasar el rato.
La trama es muy sencilla y ya vemos que Ting tendrá que pelearse no sólo con los ladrones de reliquias sino además en los combates que organiza el malo maloso. Y ahí reside evidentemente el atractivo de la película, las peleas.
Tony Jaa (nombre para el mundo occidental de Phanom Yeerum), que da vida a Ting, es un portento luchando, aunque como actor es básicamente lamentable, de hecho se comporta como el típico chaval marginado de clase que nunca habla y que se limita a mirar a los que le tocan las narices, sólo que ahora, si se las tocan mucho, en vez de morder como un chucho acorralado (la gente rara lo hace, lo he visto), te mete un codazo en la cabeza o un rodillazo en el pecho.
Las peleas son espectaculares aunque están rodadas de forma muy rudimentaria (con eso digo que el recurso más elaborado es repetir la misma patada desde tres ángulos distintos), por lo que todo el mérito de la espectacularidad queda en manos de Tony Jaa que hace virguerías con su cuerpo y que juraría que da las leches de verdad (en las tomas de cámara lenta se ve perfectamente), lo que vendría a confirmar mis sospechas de que es un tipo raro y que cuando casca, casca de verdad.
Hay alguna pelea realmente surrealista con el chino del cardado y sobre todo con el que yo diría que es Mr. IKEA, porque lucha tirando todos los muebles que pilla por el camino. Pero por supuesto está el luchador realmente peligroso, ese que se mantiene en la sombra y que pelea sólo al final. Utiliza el recurso de "nivel de lucha ascendente" de las pelis de este tipo o de juegos como Street Fighter, que permite ver como el luchador se va superando a cada paso.
Pero como no sólo de peleas vive el hombre, también tenemos persecuciones.
Las hay de dos tipos. El primero son las que se dan a pie, donde el prota salta toda clase de obstáculos (carritos, coches y, cómo no, los típicos cristaleros) que misteriosamente se cruzan en su camino y con los que acto seguido tropiezan los malos que le siguen. El segundo tipo de persecuciones no son en coche, como muchos podéis pensar, sino en mototaxi, que son esa especie de carritos con motor y un techo de lona. Bastante ridícula pero te puedes reir.
La película es en definitiva una peli de hostias. No engaña a nadie. Y alterna la acción con algún chistecillo y alguna escena emotiva, que no lo es tanto gracias a la cara de margi del protagonista. Entretiene y si uno va con ganas de reírse un rato (cosa casi inevitable desde que aparece el malo) se lo pasará muy bien.

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